Lecciones de dibujo.
Intento encontrar el camino.
Me refiero a cómo rayos se puede dibujar una
historieta.
Ya lo sé, ya lo sé.
Diréis: “Qué tontería, Carlos. La
gente lo viene haciendo desde hace mucho, mucho tiempo. Mucha gente.
Y cada vez más…”
Así, así. Metiendo
el dedo en la llaga.
Era una especie de sueño que tenía cuando era un
crío, ¿sabéis? Dibujar cómics. Porque me encantaban los tebeos, es así de
simple.
Y ahora, vista la encrucijada en que me encuentro…
En fin. Pues
eso, que estoy intentando pillarle el tranquillo.
Y como voy a ciegas…
Porque, pese a llevar más de medio siglo pasándomelo en grande con las
viñetas devorando historias a paladas, un lector compulsivo… Y por mucho que me haya dado por estudiar
narrativa –pasando por Eisner, Linda Seger, Sid Field, Robert McKie, Blake
Snyder o el “Mientras escribo” de Stephen King- y dibujo –con Loomis y todo
bicho viviente que haya dado su opinión en fanzines, revistas y libritos sobre
perspectiva, figura, pintura…
No es suficiente.
La cosa consiste en dibujar, equivocarte. O acertar.
Hacer lo que hay que hacer, vaya.
Que es hacer historietas.
Mejores o peores, al empezar cortas. No queda otra. Lo sugería Alan Moore hace décadas y claro,
tenía razón. Empezar por una tira. Luego media página o la página entera. Dos, tres, cuatro páginas. Es de sentido común y se ve a kilómetros. Bueno, yo no.
Yo, como tanta gente, me imagino que me lo puedo saltar. Qué risa.
Narrativa, contar lo que pasa. Pequeñas escenas. Un planteamiento, un giro que sorprenda,
ya. La pequeña satisfacción. Y seguir por ahí, construyendo.
Si es lo bastante sólido, si lo que sea que se te ocurra aguanta… Construye. Sigue.
Tira, va.
Y ahí, el dibujo.
Se nos van los ojos detrás de lo complejo. Cuando vamos aprendiendo a dibujar –o eso
creemos- nos puede el peso de los detalles. Nos metemos en el laberinto de aprender trucos: trucos sobre como poner éste o aquel detalle... No uno ni dos. Muchos. Los acumulamos. Una colección de detalles, una masa inmensa…
Y el dibujo se pierde de vista. Se estropea.
Anda si llevo yo tiempo luchando con eso. Desde hace…
Uf. Ni lo sé.
Pero el caso es que el dibujo debe ser simple; o lo
bastante simple como para poder verlo –leerlo, dicen- de un vistazo, zas, a la
primera. Si no es así, si cuesta verlo,
si cuesta entenderlo, mal. No sirve.
Y de ahí la necesidad de simplificar, de llegar a un
acuerdo contigo mismo: menos, sólo lo justo.
Que se vea el dibujo.
Que respire.
Aire, blanco alrededor. No seas
idiota. No lo recargues, ni se te
ocurra.
Tienes cientos de trucos, se te ocurren montones de
detalles para definir la figura y su entorno…
Pues genial.
ELIGE. Sí,
elige. Sólo unos pocos. Lo justo para que se vea el dibujo. Y ya puestos, que resulte atractivo.
Volvemos a lo de siempre, una pequeña sorpresa. Complacer al ojo, al observador. Ligeramente.
“Huy, que bien”. Y pasar de largo
al instante. O no.
Decía Kelley Jones…
Aparte de lo de la necesidad de la iluminación, lo bien que viene para contar
y hacer entender… Que su admirado Bernie
Wrightson dejaba los dibujos “inacabados” porque resultaban “más órganicos, más
naturales, más realistas”. Creo que se
refería a eso de elegir los detalles adecuados, sólo unos pocos para cada
caso. Contrastar con blanco y
negro. Las líneas imprescindibles, quizá
alguna salida de lo ortodoxo (y aburrido) con un trazo inesperado… Y
dejar que se vea. No ocultar el árbol en
una maraña boscosa por ese horror vacui
que se nos come.
Tengo que simplificar. Tengo que escoger.
Tanto para la figura como para los fondos, creo
haberlo dejado claro. Imaginar lo que
quiero enseñar y sugerirlo con cuatro trazos.
Decorarlo muy poco más.
Lo fundamental es colocar las cosas en su
sitio. Localizar cada volumen de forma
muy, muy general, un mero “…Mira, lo que quiero que veas está aquí y ocupa esta parte de la imagen”. Poquísimo más y vale, se acabó.
¿Dónde está el arte, entonces? Y lo digo sin ánimo de ponernos pretenciosos y acabar regodearnos en la tontería. Los méritos, en silencio, por favor; y ni laureles ni pedestales, que no son buenos para la salud.
Creo que es arte porque es artesanía, porque es una tarea que sacar
adelante, cuestión de ir aprendiendo el oficio…
El arte está en la estética de las elecciones. Y en la inteligencia que las acompañe. Estética, pues con cuatro líneas y dos manchas
debes sugerir (sin rematar… Espera:
mejor dicho aún, sin apuntillar) la imagen que quieres que vea todo el mundo. E inteligencia para saber elegir qué poner y
cómo hacerlo.
Algo sencillo; que funcione y guste (puede que, a
veces, hasta resulte precioso).
Algo que se pueda entintar con facilidad; y acabar resaltado,
clarísimo y atractivo. Algo que se
coloree con muy poco y así siga a la vista. Lo mismo que una cascada de detalles emponzoña
el dibujo y requeteterminarlo lo destruye y lo manda al infierno de lo torpe (y aún peor, de lo ñoño), el color aplicado a cascoporro y sin talento lo
encenaga, lo embarra, lo cubre y lo pierde.
Toca sujetarse, gente. Toca evolucionar un poquitín y portarse como personicas mayores, que ya es hora.
Toca pararse a pensar (y a probar opciones, que es
con lo que avanza un paso tras otro la creatividad que te sale de esa cabeza
hiperactiva tuya). Toca elegir. Toca poner lápiz en el papel conteniéndonos:
lo justo, un poco y basta. No se te vaya
a ir de las manos…
Y esperar que sea bastante.
También, una vez hecho, desentenderse. No prestar atención a lo que digan Fulanito o Menganita. Ni pum, vamos. Si vuelves a ver el dibujo otro día, ya decidirás entonces si te gusta mucho o poco.
Pasa a otra escena, peque: haz dos o tres
bocetos rápidos y torpes… Y empieza a tomar decisiones, a elegir lo que les vas a dar: qué debe aparecer a la vista, cómo organizarlo,
¿queda así más claro o más ocurrente o más gracioso…?
Vale.
El tiempo sigue adelante. Quizá ese oficio de historietista empezará a
entreverse como posible. Quizá deje de
boquear desesperado apenas se asoma a la superficie para volver a hundirse al
instante, lastrado por el eterno volver a la casilla número uno, siempre vuelta
a empezar.
Quizá, así, encuentres el camino.
Y te resulte… Primero, posible. Luego, llevadero. Y finalmente, agradable el recorrerlo.
